sábado, 2 de marzo de 2013

Ironía de la distopia




En el año 1997 dentro del marco de la famosa Bienal de Venecia fue retirado el trabajo del artista polaco Zbigniew  Libera titulado “Lego, Concentration Camp”. Dicha obra perteneciente a la serie “Dispositivos Correctivos” consistía en una edición de siete cajas de tres juegos de Lego para construir campos de concentración en miniatura. Cada una de las siete cajas de la serie de los juegos de Lego, mostraba, además, un aspecto diferente de los campos de concentración: crematorios, reclusos llevando un cadáver proveniente de las cámaras de gas, mini tanques que adornan la entrada de un mini Auschwitz,  calaveras obtenidas del juego de Lego “Piratas” que aparecían tras vallas electrificadas de los campos de concentración de juguete e incluso presos marchando en línea dentro y fuera del campo.
Re-diseñando los juguetes, en la serie de “Dispositivos Correctivos”, Libera intentaba articular una protesta clara contra la cultura polaca del consumismo que empezaba a gestarse fuertemente en los años ochentas. Si antes un totalitarismo, como lo fue el nacional socialismo, marcó la historia polaca; para finales de los años ochentas lo que dominaba era la restitución de este sistema por otro casi-totalitario dentro de la cultura consumista.
Auschwitz ha sido la gran distopia de Occidente proveniente de la gran luz utópica  europea. Tras la promesa del progreso y los ideales ilustrados, al final del camino, aquel mundo prometido nunca vio la luz y lo que se encontró fue la guerra y su destrucción. Si la utopía idealista/nazista era tan perfecta fue precisamente porque en su origen llevaba impregnado su final, o como lo dicta la misma Biblia, tras la utopía deviene el apocalipsis.
“No habrá de repetirse” fue el imperativo que se oía, ninguna barbarie tan ominosa como la de los campos de concentración debía repetirse, ningún futuro tan distópico podría ser posible después de Auschwitz. Tras el final de la guerra, la distopia es sacralizada, el Holocausto deviene intocable y memorable, la memoria del horror de la guerra tiene que tratarse con respeto.
A Zbigniew Libera se le olvida lo sagrado del Holocausto y frente al miedo de la repetición de aquél apocalipsis, se da cuenta que se esconde una receta mucho peor de control y repetición, el holocausto queda en la memoria como algo del pasado, irrepetible, mientras que la ideología que nos llevo a ello, se mantiene firme en otros dispositivos de control (como lo es la propia proyección del futuro como utópico o distópico). Frente a Auschwitz no hay utopía que pueda ser engendrada ni una mayor distopia que la misma pesadilla de los campos de concentración, no hay arte utópico ni distópico, el futuro del arte se ha dibujado critico en ese espacio, como bisagra entre la utopía y la distopia, articulación crítica de la caída de los grandes sueños de Europa, no respeto a lo memorial sino critica de una historia pasada que aún no ha sido escrita. Pero el trabajo de Libera más que transgredir la memoria sagrada y única del Holocausto, lo que hace es mostrar la posibilidad de su repetición, enseña mucho más de él que los propios monumentos honrosos de las víctimas, ironiza el genocidio para mostrar que los elementos de semejante atrocidad existen dentro de nuestra civilización. Libera desacraliza el genocidio, como menciona Stephen Feinstein, y entonces muestra que los elementos de un holocausto potencial nos rodean, todo lo que falta es alguien que lo arme y que le diga a los demás como usarlos. 
N.

martes, 1 de mayo de 2012

Luz


Ha amanecido, me giro en la cama y él está ahí como todos los días. Bostezo y me acerco a darle un beso, le acaricio el cabello y entonces me doy cuenta que no es el de siempre. Hoy su nariz no tiene la misma forma, subo la mirada y observo cómo sus cejas han dejado de ser arqueadas, ahora parecen dibujadas por una persona sin pulso, todas quebradas, asimétricas, borrosas. Lo destapo suavemente y veo que su cuerpo es tranparente. Se despierta y me dice “egun on” (“buenos días” en un idioma que no he aprendido pero que de alguna manera es mío), me mira a los ojos y no son más de color miel, semejan un negro profundo, tan abismal que me asusto, el cuerpo se me levanta de la cama, queriendo huir de ahí, las mejillas se humedecen y le digo “Siento que no te conozco”.
Entro al baño, un enorme espejo espera mi reflejo, entonces, veo con la boca que no puedo verme, escucho desde adentro una mirada desesperada que necesita reconocerse. Entonces llega de golpe una sensación, un recuerdo que estremece mi cuerpo; el hombre desconocido de la habitación, aquél con quién se supone he pasado muchas horas, se dirige a mí y dice:

“Anoche te has comido los ojos, los has tragado en un arranque de luz, de tanto verlo todo, tanta conciencia, has querido conocer lo imposible hasta el punto en que has consumido cualquier posibilidad desconocida, la sorpresa de que advenga algún acontecimiento impredecible o inconcebible. Entonces no has podido más, estabas agotada, devastada, gritabas en silencio mientras apretabas con desesperación las orbitas oculares, necesitabas parar de ver, detenerte, pero la luz venía de adentro, decías, musitabas que no podías más, te quemaba, entonces te clavaste las uñas y los arrancaste sin piedad. No pude hacer nada, cuando quise acercarme a ti, te los comiste sin ningún remordimiento o asco. Dejaste de pelear y entonces te dormiste”

El silencio gano su lugar, estaba de pie, apenas pudiendo vislumbrar algo, me di cuenta que su nariz no era diferente sino que mi vista no era la misma, hay una ceguera en mí y entonces nada es claro, todo parecen exposiciones, habría que crear el sentido de lo que veo, nada está ya hecho, nada tiene nombre, sólo hay zonas, contornos, ninguna cosa es conocida desde la luz, necesita la oscuridad para poder dar forma. Intento llorar pero aún estoy seca, quemada, consumida, tus manos se posan sobre mis cuencos vacios, estamos cerca, siento como respiras, reconozco un olor pero no quiero quedármelo y entonces necesito tocarte, dibujo con los dedos ese cuerpo invisible: habría que dejar de conocerte para amarte.

Payasa



Son las 13:30, hace frío y la gente hace las últimas compras para la comida del día. Algunas señoras arrastran el carrito de las compras del mercado mientras otras llevan la pesada carga de las bolsas, porque el salario no les da para comprarse ese dichoso vehículo que les ayudaría con su lumbago. El paseo delicias está lleno como de costumbre, circulan gente de barrio, automóviles, pordioseros y teporochos, este es un lugar poco presuntuoso, tranquilo, donde los inmigrantes encuentran oportunidades y la gente mayor puede estar cerca del centro de Madrid sin tener que pagar mucho.
Los supermercados suelen ser económicos, todos confluyen ahí. Hoy, a las 13:30 la gente llena las cajas de Lidl, necesitan llevar los ingredientes faltantes, así sucede todos los días. A la puerta del supermecado, está el hombre negro de siempre, murmurando cuando alguien pasa, pidiendo una plegaria o una moneda para un bocata. Las señoras se encuentran con la vecina, saludan al de la marisquería, se atoran con la estrecha puerta que lleva a la consumición de lo que el doctor les ha dicho que puede ser riesgoso por su edad, entre las cortezas de cerdo, las patatas, las galletas y el pan, las señoras disfrutan de sus dos placeres: la comida y el chisme con la vecina. Pero no todas las mujeres que van al super son iguales, ahí está ella, entró sola, con tres bolsas guardadas en el abrigo al que le faltan dos botones, lleva el cabello teñido, puede intuirse en las raíces blancas que se muestran tímidas en su cabeza, está detrás de la estantería de galletas y comida chatarra, en ese pasillo que los encargados de los supermercados  han inventado para la gente que no puede darse grandes lujos, una hilera en medio de dos estantes donde colocan productos inútiles a precios risibles, un kit de masajes, un portarrollos de cocina, zapatillas de trekking cuyos posibles compradores son señores de barrio, jubilados que apenas y dan un paseo por el Retiro. Pero para ella, como para mucha más gente esos placeres inútiles la hacen sonreír, pronto serán Carnavales y también San Valentín, así que el Lidl ha traído de oferta disfraces, chocolates, pantuflas y un reloj de cocina con radio incluida. Desde lejos se la ve feliz, su mundo se resume a ese espacio, de pronto, la vemos sonreír, ha visto algo que la ha hecho feliz, está sola, tan sola que su cuerpo lo grita por todas partes. Sonríe, y si nos posicionamos en la sección de los productos enlatados podemos verla como ha cogido un objeto en sus manos, lo acaricia, se ríe más, le habla, se emociona, es una señora menuda y sus huesos suenan cuando los espasmos de la risa la invaden. Decide no dudarlo, aunque haya pasado ya media hora. Son las 14:00, pero a ella nadie la espera en casa, vive de una pensión y el paquete de arroz junto con el kilo de champiñones no son más que para ella, así que no tiene por qué darse prisa. Pero por fin lo hace, coge la peluca roja que admiraba con tanta alegría en sus manos, la lleva con lo demás de la compra, hace la fila de la caja, coloca sus productos en la cinta y saca con sus manos artríticas ese típico monedero chiquito que suelen usar las señoras. El importe son 3.60, entre monedas de 10 y 5 céntimos entrega su riqueza que se verá recompensada, saca una de las bolsas del abrigo y guarda el arroz y los champiñones. Coge la peluca roja con las manos y la coloca en su cabeza, camina con una sonrisa en la cara, mientras por detrás otras señoras le gritan “vieja payasa”. Sale del supermercado y el negro de la entrada le dice “guapa”, ella asiente con la cabeza y le da 5 céntimos, toca su pelo postizo, camina con un frio que llega a los tres grados, y piensa en su pasado que murió, en aquél día cuando su madre que ya no existe, la disfrazó de payasita por carnavales, con su peluca roja y su overol amarillo. Recuerda, con lágrimas en los ojos, sola, la mano de su madre mientras ella saltaba vestida de payasa por el Paseo Delicias.

Tres de Zombies





El doctor no podía entrar en razón, al menos eso creía su paciente:
- Estoy muerta, le decía, de verdad que lo estoy.
- Esto será el limbo, ya huelo feo ¿no lo nota?, le preguntaba.
Se la llevaron a rastras, mientras ella veía como su piel quedaba despedazada por el camino.



Ayer le presentaron a Mademoiselle  X, ella no está loca ni muerta simplemente está negada a vivir como todos los demás, con la muerte como horizonte y con Dios como regente. Tiene sólo huesos y piel, vacía de una a otra costilla pero con la superioridad de estar atravesada por la nada, sin falso humanismo, sin doble moral, ella es el vacío absoluto: la muerta viviente. El doctor no sabe qué hacer con ella, cada vez que la ve, le duele la cabeza, le recuerda lo poco que vale la vida y lo tanto que elevamos las banalidades que nos enseña la religión y la política, verla y escucharla es como inyectarse nihilismo en vena.



-¡Sácame el corazón! ¿No lo entiendes? Ya no sirve, ya no duele. Méteme un cuchillo hasta el fondo. Si quieres también el estomago, ¿Cuándo vas a mandarme a que me hagan la autopsia? No tengas miedo, ¡apúrate! que no ves como los gusanos me comen.
Su madre lo besó en la frente, le dio un sedante, cuando dejó por fin dejó de gritar, llegó la hora de cortarle la yugular.  

viernes, 27 de enero de 2012

Prospora



                        
"Nunca he inventado nada: no entré 
en la literatura,nací en ella, he vivido 
en un libro tumultuoso y teatral."
Hèlene Cixous





Persona sale de casa muy temprano, como siempre, antes de cruzar el umbral suspira profundamente como signo de despedida frente a lo que ese día creía saber sobre sí, asume, con resignación, que cada momento en el que uno sale al mundo deja de ser dueño de sí mismo. Pero su casa ya es un mundo, y en donde parece existir solo una persona siempre resulta que hay muchas más. Como toda la gente, la común, la no-común, la blanca, la negra, la femenina y la masculina, Persona tiene un pasatiempo, al que le dedica más horas de las que podríamos imaginar, no le da lo que le  resta, lo que le sobra de su tiempo sino que su tiempo siempre está a expensas de su hobby. Persona colecciona opiniones de otros, lo escribe todo en una pizarra mágica cuyo soporte es el cuerpo, a veces, las percibe por el olfato, en otras ocasiones son las imágenes las que le permiten obtener esas visiones, opiniones que tienen otros que son capaces de mostrarle al mundo cómo deberían ser las cosas. Cuando recolecta muchas, Persona se sienta en una banca a ver pasar el mundo, a dejar que el tiempo corra y algunas veces, se da cuenta como una gran cantidad de lo que piensan los otros, también son opiniones suyas.
Persona duerme frente a un espejo y así ha descubierto que cuando se acuesta parece un hombre solitario al que le pesa el mundo y cuyo consuelo son los sueños, pero al despertar y ver su reflejo se da cuenta que es una mujer, dulce, arrebatada y con esperanzas. Persona no es hombre ni mujer, su sexo es una acción, un performance, su masculinidad es una imposición social y su feminidad una mascarada. Ayer cuando salió temprano, la gente pensó que era un hombre, lo llamaban Claude Cahun, llevaba unas gafas grandes redondas y opacas, era un ciego autoimpuesto, un ciego que ese día se despertó con ganas de mostrar su ceguera. Hoy parece una cortesana victoriana, se ha puesto un corsé que le ajusta la cintura, reloj de arena en el que se consume el deseo, toma los labios de una amiga y algunos hombres lamentan el encuentro, mientras otros se excitan frente a ello.
Persona se fotografía todos los días con sus diferentes poses, sus vestidos, disfraces, después cuelga las fotos en una pared blanca dedicada a ello. ¿Se preguntarán quién es Persona? ¿Cuál es su identidad? Y si Persona fuese cualquiera de nosotros importa la pregunta ¿Quiénes somos?  No hay más belleza que la del maquillaje, ese invisible que juega a ser careta pero que no oculta nada, no hay velo que desvelar detrás de Persona. Él o ella, Persona, no intenta provocar ni ser espectacular, lo único que intenta es “hacer sonar”, “dejar oír” a todos esos mitos personales que la habitan. Persona tiene una identidad nómada, mudable y jamás permanente, no sabe cuál de todas o todos esos es, aunque tampoco le importa, ha entendido que su vida consiste en ser una prótesis de sí misma, máscara que entreteje una escritura que le sirve para borrar el rostro del que carece.
Persona llega muy tarde a casa, se lava la cara pero el maquillaje no se quita sólo se transforma. Ríe frente al espejo, se pone el pijama y piensa en la Persona que será mañana.    

viernes, 6 de enero de 2012

Casa Vacía



¿A qué huele el frío? Se preguntaba sentada en la parada de autobús, apoyada sobre el helado soporte de la pequeña casa que cubre a los transeúntes en esa espera infinita por un vehículo que los proteja de la intemperie cortante. Las mejillas se le enrojecen, las roza con los dedos y siente que están a punto de sangrar. Olvida la pregunta inicial cuando el tiempo se interpone en sus pensamientos, levanta la manga de su abrigo, se da cuenta que no trae reloj y entiende que el frío está entrando profundamente, los vellos de su brazo derecho tienen pequeños cristales de hielo que ni la gruesa lana pueden mantener a salvo. Se cubre la zona helada y empieza a perder la vista, es así como se da cuenta que la parada de autobús se ha llenado, la humedad que emana de los cuerpos de la gente ha empañado sus anteojos. El cielo empieza a caerse en forma de escarcha y las personas que esperan el 132, el 6 o el 48, quieren salvaguardarse en ese espacio ocasional donde todos intentan sonreír aunque sus caras estén frígidas y estiradas por el gélido ambiente.
La noche ha caído y apenas han dado las seis de la tarde. En invierno el mundo se oscurece con la esperanza de que la escenografía a media luz propicie una reflexión sobre la condición humana, el mundo espera que el hombre sienta su insignificancia. Sin embargo, el frío pasa con egoísmo, alguien recuerda que está soltero y que sería bueno tener alguien a quién abrazar, una lagrima sale de uno de sus ojos y moquea simulando que el clima ha descontrolado su sistema respiratorio. La señora con las bolsas de la compra, recuerda lo infeliz que es, no tiene coche y está cansada de la vida medianera que lleva. En eso piensa ella, también tan sola, en espera de la calefacción del autobús.
Entonces, ¿a que huele el frío? Se mira las piernas y piensa en su piel de gallina, en los poros espantados porque algo se escapa de su cuerpo o quizá es  la piel que se abre para liberarse de ella misma. Mueve el cuerpo inquieta, bebe de su botella de agua y se da cuenta de que es imposible retener líquidos con este clima. Comprende entonces que con el frío todo se le escapa, se empieza a sentir vacía, no hay hogar que la mantenga acurrucada; como la falta de oxígeno en el espacio, la ausencia de calor empieza a matar sus esperanzas, sus anhelos, no puede respirar y una angustia la ataca. Piensa entonces que con ella el mundo sí acierta, se siente desnuda y hay tanta gente alrededor, la vergüenza y el temor la invaden, le pediría una caricia a cualquiera pero nadie la mira aunque teme que se den cuenta que no lleva nada puesto.
En medio de esa desesperación que la abisma, mientras cae y nadie la ve, de pronto, recupera la postura y entonces respira. Huele el frio, aspira y un golpe seco entra por su boca: Bocanada helada, huele a inmensidad, libertad, casa vacía donde poder empezar.
Llega el 132, pasa el billete por la máquina, saluda al conductor, se siente en una plaza para una persona, cerca de la calefacción, mira por la ventanilla, su cuerpo empieza a calentarse y ve el mundo avanzar con las ganas de volver a oler el frío otra vez.

jueves, 5 de enero de 2012

¡Mamá, me he convertido en unicornio!

¡Mamá, me he convertido en unicornio!

Xabier  se levantó aquella mañana sintiéndose raro, le dolían los ojos y sentía una especie de picazón entre ceja y ceja. Había que ir a la escuela y, como era costumbre, le costaba mucho quitarse las sábanas que lo cubrían y que a él le parecían que a esa hora de la mañana pesaban como láminas de hierro y por desgracia él nunca se sentía súper poderoso para quitárselas de encima. Después de muchos esfuerzos y con la inquietud que lo invadía por saber que pasaba entre sus ojos, de un brinco arrojó todo al suelo y se fue corriendo hacia el baño.
Se lavó la cara para quitarse las chinguillas que parecían telarañas sobre sus párpados, lo hizo lentamente porque sabía  que algo pasaba y presentía que no querría averiguar del todo lo que era. Sentía una tensión en la frente, quitó las gotas de agua que sobraban con una toalla, y se acercó casi embarrándose al espejo. Algo crecía en él, entre rojo, morado y blanco se dibuja un círculo en su frente. No sabía que era, estaba asustado y a la vez, emocionado, pensó en todas las historietas, en los comics que leía para ver si sus síntomas, si esa aparición extraña en su cara coincidía con alguna mutación típica de conversión en súper héroe. Pero ni Batman ni  Superman habían presentado malestares en la frente ni manchas faciales, sin embargo, pensó:
- Claro y si me ha picado algo como al Hombre Araña, quizá sólo quizá me puedo convertir en el Hombre Zancudo o en el Hombre Mosquito.
Olvidó por un momento el asunto aunque guardó esa idea en su cabeza, cogió un poco de maquillaje de su madre y tapó el círculo para prevenir, por si fuese el caso, su identidad, quién sabe qué villanos pueden haber allá afuera. Bajó a desayunar, su madre le había preparado hot cakes con nutela y un vasotote de leche, Xabier pensó que el camuflaje de su mancha heroica había sido realizado con éxito porque ni su padre ni su madre se habían dado cuenta de lo diferente que lucía.
Al llegar a la escuela, fue directo a ver a su mejor amigo y le contó que algo extraño le estaba pasando, Daniel escuchó atento todo la historia pero, de pronto, giró su cabeza y Xabier se dio cuenta que él también tenía una mancha y supuso que había encontrado a su pareja de aventuras en el mejor de los casos o quizá a su propio enemigo. En fin, no preguntó nada a su amigo para ser precavido.
Antes de salir de clases, Xabier, como de costumbre paso por el baño porque el viaje era largo hasta casa, de pronto, se miró al espejo y… Noooooooooooooooooooooooooooo, ya no era simplemente una mancha, ahora era una bola gigante entre sus ojos, blanco amarilla que punzaba con fuerza, se la tocó y el dolor fue insoportable pensó que quizá podría explotarla, reventarla y entonces la magia comenzaría, pero no era el lugar ni el momento, aunque tampoco podría mantener ya su identidad escondida. Salió de la escuela corriendo y con la cabeza agachada haciendo con la mano un gesto rápido de adiós a todos los que le encontraban en el camino y que le preguntaban si iría hoy por la tarde al parque a jugar.
Subió rápidamente al coche de su madre apenas mirándole a los ojos, ella lo saludó con cariño e intentó acercarse para darle un beso, pero el niño le dijo que arrancase y que luego habría tiempo para besitos. Su madre no dijo nada y emprendieron el camino a casa, le preguntó si pasaba algo y el movió la cabeza diciendo que no; ella insistió y le dijo que si le hubiese sucedido cualquier cosa podía confiar en ella para decírselo. Xabier levantó poco a poco la cabeza, su madre detuvo el coche, y entonces lo miró para escucharlo, de repente, lo entendió todo al mirar su frente, lo abrazó con fuerza y le dijo:
-Ya está pasando, mi pequeño. No pasa nada, eso es totalmente normal. Tú no te preocupes seguramente ha crecido tanto por los hot cakes con chocolate de esta mañana. Eso pasa mucho a tu edad, no a todos pero algunos tienen que pasar por esto, tú no hagas caso si alguien intenta burlarse de ti.
Así que su madre ya lo sabía todo, pensó:
-Y ¿cuándo me lo pensabas decir?- le preguntó a su madre- Supongo que la noticia de convertirme en súper héroe debe ser algo muy importante para lo que los niños deben estar preparados, no así de golpe nada más.
Su madre se quedó sorprendida con lo que su hijo le había dicho y entonces, tuvo que explicarle que:
-No, Xabi, a ver mira, no quiero desilusionarte pero es que no te vas a convertir en súper héroe, lo que pasa es que te ha salido un barrito, acné, quiero decir, pues, un grano.
-¿Cómo que un grano?-dijo él- Así no más, un grano sin nada, o sea, ¿no significa nada?
-Bueno querido, pues sí, significa que te estás haciendo mayor pero nada más. Lo siento mucho Xabi, pero ya te digo mi niño, no te preocupes se te pasará en unos días y ya está, volverás a ser el niño normal de siempre.
Su madre le propició un beso, arrancó el coche y continuaron el camino hacia casa. Xabier de copiloto, se encontraba molesto, desconcertado e incluso desilusionado, él no quería ser un niño normal, quería tener súper poderes, ser especial, destacar por alguna habilidad única e irrepetible. Pero su madre tenía razón y por eso Daniel, su mejor amigo, tenía uno igual a él aunque lo tuviese en la mejilla izquierda.
Llegaron a casa y Xabier comió muy rápido, subió a su habitación, hizo sus tareas y decidió no bajar a cenar, estaba raro, se sentía indispuesto, seguía teniendo el malestar en la frente y sentía que en su cuerpo algo no era como antes, pero no podía imaginar ya nada, si su madre dijo que era un grano pues un grano ha de ser.
Se metió a la cama, se cubrió con sus láminas de hierro y rápidamente empezó a soñar. Estaba en una escuela nueva muy rara, con niños diferentes que tenían algo en la frente pero que no sabía identificar que era. Cocinaban cosas raras que después utilizaban para alimentar a animales extraños que no eran de especies conocidas y que les servían de vehículos para regresar a casa saliendo de clases.
¡¡¡¡Ring, Ring!!!! Sonó el despertador y Xabier abrió sus ojos con sorpresa, había algo en su frente pero ahora mucho más grande y lo podía tocar. Saltó de la cama como un súper héroe, entró al baño, se lavó la cara topándose con algo que no le permitía limpiarla bien y entonces al mirarse al espejo le gritó a su madre:
-¡Mamá, no era un grano!, ¡mamá, mamá, mamááááááááááááááá! ¡Mamá, me he convertido en un unicornio!
Xabier no es el Hombre Zancudo ni el Hombre Mosquito pero tiene un cuerno de unicornio en la frente que le hace tener poderes especiales, toma clases en la escuela que soñó y va a casa en un erizo cuya piel le hace cosquillas durante todo el camino a casa.

martes, 3 de enero de 2012

Carretera perdida

No se habló de ello pasado el tiempo. Ni siquiera un comentario cualquiera en una oportunidad sin importancia, lo guardamos para nuestras memorias borrosas en la caja de nuestro almacén que lleva la etiqueta de “sin explicación”. No es una experiencia clara y distinta, pudo ser un sueño compartido por varios o una alucinación común a causa de la ingesta de mariscos.  Aquella noche retornábamos a casa después del viaje anual que hacíamos a la Virgen de Juquila, aprovechando el rumbo nos desviamos hacía Puerto Escondido y Huatulco. El domingo partimos nuevamente para Oaxaca; éramos tres personas en la parte delantera de la camioneta y cuatro en la posterior. Mi madre y yo, además del conductor como era de esperarse, le hicimos compañía a la noche, vigilando el sueño de los otros viajantes y siguiendo la línea blanca, algunas veces continua y otras fraccionada que marcaba la carretera. De pronto, sin más, ahí estaba, una niña en mitad del camino pidiendo que la llevasen. El silencio se hizo más pesado, cayó sobre nosotros, a nuestros ojos, cegándonos la voz. Las palabras se atragantaron y antes de trasmitir cualquier espanto, fascinación o duda, cuando recuperamos la vista, mi madre y yo giramos hacia atrás para encontrarla  y pedirle al conductor que regresase. Pero no había nadie y el impacto nos desbordó en miradas de simple y burda complicidad.
Lugar común es hablar de las anécdotas de fantasmas en las carreteras, en mi tierra se dan muchas, vienen narradas de una voz a otra, esta es una más. En efecto, pero singular, tan propia que nunca había sido escrita ni comentada, mucho menos por quiénes la vivimos. Lo singular no es que sea propia si no el lugar de la experiencia, espacio que es en realidad un no-lugar, puro tránsito sin esencia ni presencia, el límite idóneo donde lo que parece que ya no está, aparece.
Todo comienza como un pre-texto, y esto no es la excepción, entre el injerto y el suplemento se hace escritura: “escribir quiere decir injertar”. Necesitaba “un” pretexto, el mío, para hablarles de lo que considero un claro ejemplo de la singularidad de la carretera como lo sin lugar, límite, tránsito, donde nada es lo que es ni lo que parece, su función característica de proceso donde se pierde la cabeza, donde todos los fantasmas tienen la posibilidad de aparecer (incluso los propios que no están ni vivos ni muertos, sino esperando ese no-lugar de la aparición, el momento de la noche en su fluir con el camino del asfalto). Dice una mala lengua, que el cine es el arte que hace a los fantasmas regresar, les permite su retorno. Si esto es así y además, alguien hace un film sobre la carretera tendríamos algo así como una invasión masiva de fantasmas. Estoy hablando de la mítica “Lost Highway” de David Lynch, cuya traducción española es, curiosamente, “Carretera pérdida”. Las interpretaciones psicoanalíticas de dicho film no se han hecho esperar, la historia (y no se las contaré  para no arruinarles la película a quiénes no la hayan visto) es un espacio espectral, una historia de fantasmas como figura de desajuste. Es decir, no simplemente como una aparición de lo muerto, si no de aquello que sin ser ni vivo ni muerto nos constituye y nos fragmenta. Parece que el argumento de la película se mueve como un desajuste entre la realidad y el espacio fantasmagórico de la evasión por un suceso traumático, una especie de sublimación de la realidad, que a través de esa carretera interminable que abre el film ya nos sugiere un viaje por el interior de o de los personajes. Pero ese fotograma mítico de Lost Highway que se abre en el fondo con la voz de Bowie, no tiene principio ni fin, no tiene lugar, o su lugar es el espectro, el no tener lugar. Figura de la carretera como el fluir de una memoria que no puede consolidarse, que es incapaz de ajustar sus recuerdos para afianzarse en una identidad. No es coincidencia pues, que se use una carretera como metáfora del desajuste, como la imposibilidad propia de la autobiografía o en otras palabras como el juego para expresar que si hay algo que podamos contar de nuestras vidas, eso puede darse sólo en la discontinuidad y el trasiego de un camino donde un día te encuentras fantasmas que te hablan de lo que no entiendes y que, sin embargo, siempre van a estar, como aquella niña en la carretera que se nos apareció a tres personas con un pasado duro, sinuoso y sin resolver; quizá no era la aparición de un muerto sino el aviso de que en esa historia hay un resquicio, rencores, daños, marcas que nos hacen estar unidos por un hecho que quizá se provocó en una niñez. Pero bueno, esa es otra historia que contar.

viernes, 9 de diciembre de 2011


Heterocrítica.

La autocrítica es un mito. Lo es en primer lugar, porque no hay  “autós” que no suponga un  “alter”, un “otro” desde el cual toda posición, toda crítica es posible. Mitología porque no hay balance objetivo, a “conciencia”, no hay “sinceridad absoluta” desde la cual evaluarnos ni posición neutral que nos permita salirnos de nosotros y mirarnos desde esa posición privilegiada de la despersonalización. La autocrítica se ha intentando presentar, desde el comunismo hasta el cristianismo e inclusive dentro de los farsantes libros de “autosuperación”, como una confesión: apertura de un “yo” callado que aún no reconoce sus errores, ni sus virtudes, espacio abierto de un autoconocimiento. Pero, en realidad, la autocrítica como una confesión de sí y para sí pertenece a una capitalización del silencio, a una economía de lo “propio” en donde se intenta hacer un balance, ya sea, de nuestras virtudes y defectos, aciertos y errores, o bien, de nuestros costes y beneficios. Es un lugar común hacer autocrítica antes de empezar una nueva etapa, para cerrar un ciclo y abrir un camino, se cree, desde la lógica del sujeto consciente, que hay que abrirnos a la critica desde uno mismo, cuando, seguramente, es un gesto diferente lo que nos abre a ella en sentido estricto. Digamos, pues, que la autocrítica se abre como mito por la utopía que esconde. No hay autocritica sin un cierto mesianismo, sin la espera de una redención o de un nuevo comienzo donde no exista un retorno de lo peor sino la esperanza de una mejoría e incluso la promesa de un “otro yo”, de un “mesías” en el cual transformarnos para salvarnos o augurarnos un futuro mejor. Es decir, la autocrítica sucede ser la farsa desde la cual intentamos economizarnos, crítica falsa porque nosotros ponemos las condiciones, al “examinarnos” en determinado momento de nuestra historia, en pro de un resultado que nos convenga para ese momento de vida, consentimos, limitamos, flagelamos, reprimimos, justificamos y ponemos una meta que dirija dicha crítica. Ninguna crítica es posible desde aquí.
Si pensamos en su etimología, crítica procede de crisis, de ruptura, separación: ahuecamiento que hace temblar nuestra tectónica. Pero no hay corte que no venga de un cierto exterior, alteridad que rompe. Sin espejo no hay crítica, sin reflejo que deforme nuestro propio “autós” no puede haber diferencia ni crisis alguna. Tampoco, sin fantasma. El otro no es siempre el “fuera de mí”, nuestra propia memoria, los recuerdos que nos conforman no son indelebles, no tienen una identidad fija, si no transfigurada, reescrita, e inclusive borrada. Es la crisis, lo crítico de una situación, lo que supone el examen, la rememoración, lo que nos empuja a la crítica; sin el encuentro con el “otro” que no soy yo, no hay crisis, ni criterio y mucho menos crítica. Habría que olvidar el “autós” de la crítica, confesión que se profesa a sí misma desde un esquema ya planeado, y entonces hablar siempre desde lo hetero, desde lo alter, heterocrítica que escucha al otro para poder decir “algo” sobre nosotros mismos.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Leonor


"El cáncer es como el rostro masticado, 
ganchudo y estragado del intruso. Extraño
a mí mismo, y yo mismo que me enajeno. 
¿Cómo decirlo?"


Esa mañana Leonor se levantó sintiendo el cuerpo mutilado. Sin poder abrir los ojos intentó tocarse las extremidades, la panza, el pubis, los senos y simplemente no logró sentirse. Sus ojos se encontraban clausurados, cual parpados pesados que se caen como mecanismo de defensa frente a lo que no se quiere ver. Pero, Leonor no tenía el cuerpo mutilado y tampoco estaba en carencia de algo. Quizá lo que le faltaba no era su cuerpo, sino que le sobraba la posibilidad de perderlo  y tan sólo ese riesgo lo anulaba, aniquilándolo con antelación. Era su primer despertar con el intruso, su primer amanecer asumiendo que su cuerpo alojaba, hospedaba un cáncer.
Todo pasó con prisa, golpe seco que desploma. Un día se dio cuenta que había algo raro en su cuerpo, en su entrepierna apareció un bulto que no tardó en exigirle atención: petición a gritos de un cuerpo que se vuelve intruso. Era inútil obviar la protuberancia que se hallaba en su cuerpo, empezó a crecer en desmesura de tal manera que cualquier pretexto quedaba obsoleto para explicar su visita, ni acumulación de grasa ni hinchazón de un tendón, eso era una invasión imprevista, que escapaba al control de Leonor, a su valentía por resistir las enfermedades.
Dijeron que había que quitarlo, lo habló en su casa, preparó a su gente y todos quisieron pensar que no sería nada, ningún cáncer, ninguna invasión, sólo un susto para advertir que no somos perennes y que, de vez en cuando, pasan cosas que nos obligan a ser conscientes de nuestra mortalidad. Hubo una suspensión en el tiempo, un espacio en donde no paso nada. Momento de la extracción que auguraba una promesa sin cumplir, promesa de la salud que no llegó; noticia de que estaba ahí, alojado y dispuesto a invadir todo lo que ella era. Pero ella misma era el intruso, su propio cuerpo se volvía contra sí misma, la producción excesiva de su cuerpo, desbordamiento de células convertidas en entidades malignas. Su hipertiroidismo tuvo que ser una advertencia, pero la obvió como una gripa o una irritación de estomago, desde siempre había estado sobreproduciendo y entonces el cáncer de linfoma le hizo entender que había traicionado a su cuerpo, se había traicionado ella como cuerpo y ahora se volvía contra sí.
Había que interrumpir la metástasis, tenía que romperse ella misma para vencer al intruso, tuvo que debilitarse y actuar contra su propio cuerpo para salvarlo, arriesgarse a la posibilidad de perderlo, a que sus células resistiesen al ataque, riesgo que asumió a cambio de la oportunidad de un futuro.
Sus venas siempre fueron tramposas, nunca se dejaron ver con facilidad, sus brazos se cansaron de tanta intromisión. Ella toda era una intrusión, intervención técnica que podía salvarla, en cada inyección pensó en todo el miedo que solemos tener a lo externo cuando quizá ese fármaco la salvase de ella misma, de lo propio de ella que ahora era un intruso que la condicionaba a una vida, a quizá meses o años de debilidad y transformación.
Había que ser otra para sanarse, lo asumió con valentía, hizo propios los cambios que le acaecieron, no se resistió a nada sino que busco la manera de conocer a su intruso, de reconocerse y aceptarse como esa otra que empezaba hacer. Se comprometió frente al espejo como una mujer sin cejas, sin pestañas, ayudó a su cuerpo a despojarse de sí y un día antes de continuar viendo como perdía sus hilos negros en la almohada, rapó su cabeza sin pena, gesto de una mujer que sabe enfrentar la vida. Fue largo el camino, tan largo que nada, ninguna línea escrita puede hacerle justicia.
“Se sale desorientado de la aventura” y Leonor se perdió cada día en el hospital, se olvido de sí cada tarde después de la quimioterapia, rendida a su cuerpo cansado, atravesado sin césar. Se preguntaba, cuando recobraba la lucidez, si alguien sería capaz de entender su sentir, su experiencia de vivirse fraccionada, anulada, sin saber quién era, sin poder ni siquiera sostenerse en su cuerpo, se preguntó si su hija, que se encontraba lejos de ella, sería capaz de entender el dolor, si su voz por el teléfono le lograba comunicar ese algo que no se puede decir con palabras; cuántas veces se reconfortó imaginando el abrazo  de su niña como aquello que unía sus partes fraccionadas, como el abrigo necesario del que carecía.
Aún sin reconocerse, aunque tuviese miedo de sí misma, incluso sintiendo el abandono de sus defensas, de su inmunidad, estaba convencida de hacer una alianza con su cuerpo. Nunca se quejó y en silencio, soltó todos aquellos intrusos que le obligaron a ser su propio intruso, dejó que su propio extranjero, ese ajeno que le venía de adentro, operará en su cuerpo e hizo lo incansable por apaciguarlo, por hacerle entender que aún no era el momento.
Hoy por la mañana, Leonor se ha levantado de la cama con el cuerpo completo, da las gracias y se mira al espejo pensando en ese cabello que hoy crece rizado cuando antes era lacio.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Fuera de Lugar

La utopía se vuelve contra sí misma; la plenitud del deseo, su saturación, es imposible. Pero el deseo existe, es de facto, su tendencia es imparable. La imposibilidad de la utopía como la del deseo pleno no puede ser más que su motor: condición, espacio que la hace necesaria, que permite renovar las ideas que la conforman. En este sentido, la utopía tiene la estructura de la promesa, una estructura de potencia que profesa su “querer ser realizable”, pero justamente este “no ser aún” es lo que le da su carácter prometeico.
No ser y no estar es intrínseco a la utopía, su etimología la declara como el “no lugar” o “lugar que no existe”, también podemos decir el “fuera del lugar”, lo que no existe aquí en la tierra, entre nosotros pero hacia lo que tendemos, lo que ponemos fuera de nosotros para alcanzar.  Y es que la utopía pertenece a una tradición de lo “supra”, de lo que está afuera, en otro espacio pero también en otro tiempo o si queremos ser más tajantes, pertenece a lo atemporal. La utopía es, pues, un síntoma del idealismo.
Síntoma que no se opone a ningún realismo, sino que se gesta en él, necesitándolo para realizarse. La utopía tan fuera de lugar, sin lugar, necesita por el contrario de un sitio donde ser gestada, de una posición histórica, deseos colectivos aunque marcados por clases, razas, posiciones.
Todo interrogante por el futuro supone la utopía, la idealización y a su vez, el carácter apocalíptico de lo que viene, todo porvenir se presenta bajo la forma de la monstruosidad. Pensar sobre el futuro, sobre lo que viene, nos coloca en relación con lo “absolutamente otro”, con lo imprevisible, donde no cabe anticipación. Con ello, parece que tenemos sólo dos opciones, metidas bajo el mismo síntoma ideal, en la misma lógica: la apuesta por una idea posible de realización o resignación a un declive inevitable. Utopía ó Distopía. Caras de una misma moneda, síntomas de una misma tradición.
Pensemos en el síntoma. Utopía como lo que acontece a la par que el idealismo, fenómeno que lo acompaña como puesta en juego de una resistencia. Si hablamos de la utopía como síntoma habría que pensar en ella como un mecanismo, sin esencia pero existiendo como relación. El idealismo es una utopía que ha intentado por todos los medios ser realizable, instrucción de Occidente que se ha visto a sí mismo como una idea que tiene que cumplir: cristianismo, nacionalismo y capitalismo.
Nada ha surgido de la nada y las utopías contemporáneas no son sino el resultado de una resistencia a la Gran Utopía de Occidente y sus consecuencias.
Resistir. Sí, pero ¿cómo? ¿Postulando nuevos –ismos? ¿Siguiendo la utopía como un síntoma del idealismo? ¿Creando nuevas tiranías doctrinarias? Ya nos advertía Jung que la resistencia como utopía, en ocasiones, cede el paso “con facilidad” al slogan y al anhelo quimérico, a los prejuicios y anhelos afectivos, podemos decir a una suerte de estado colectivo que se cierra sobre sí mismo, que se ciega sobre sí mismo.
Es precisamente aquí donde creo que los movimientos de “resistencia” actuales se equivocan, se ciegan y se olvidan de la historia, de “su” historia. Parece que una ceguera los ha afectado, y con ello ha paralizado todo lo que tiene de propio la utopía fuera de su sintomaticidad ideal. Se apropian del slogan, siguen una idea, confrontan al sistema como idea con otras que proponen “soluciones” que antes se han gestado. Simulacro de resistencia, niños asustados porque perdieron al padre dándose cuenta que la democracia no existe pero exigiéndola a gritos “Democracia Real, Ya”. No resisten desde la crítica sino desde la desolación afectiva de que su Padre no cumplió la promesa, ahora están en crisis y entonces se dan cuenta que algo debe cambiar. España (15-M) y Estados Unidos (#ocuppywallstreet) se visten de utopía y dicen que piden lo imposible; se equivocan, no piden lo imposible piden la promesa incumplida del bienestar económico, de que el progreso nos llevaría a un lugar mejor, lloran no la caída del sistema sino su desbordamiento que ahora los excede, como en otros lugares (países) que su mirada no alcanzaba a ver y que hace mucho fueron sometidos a una lógica de lo precario. Piden, pero quizá no hacen lo imposible.
Habría que pensar la crisis no como algo a superar sino como algo que siempre estará ahí, atenuada o apareciendo como un estallido. Ya lo dijimos, todo pensamiento sobre el futuro se presenta como monstruoso, nos pone en situación de crisis, nos desconcierta, nos coloca fuera del lugar. Sin posición, sin lugar, pensar la utopía no como una idea a alcanzar, como un lugar fuera de este mundo sino como el mecanismo más mundano que se juega en cada decisión de futuro.

viernes, 28 de octubre de 2011

Caracol

Poéticamente habita el hombre en la tierra
Hölderlin

No tengo ciudad. La mía es una ciudad invivible, imposible. No se puede vivir en ella porque carece de existencia, no se localiza en ningún espacio delimitado y tampoco pertenece a un tiempo. La ciudad en la que puedo pensar, la que suele habitarme, no se configura en un espacio único sino que se teje como un juego efímero de encuentros y desencuentros. La ciudad es desorbitante, nunca cierra espacios, los abre. ¿Podría acaso, entonces, una ciudad como esta convertirse en mi ciudad? Comúnmente se piensa la ciudad como una casa, lugar de residencia e incidencias, de permanencias y donde se echan raíces. Pero tanto la casa como la ciudad se conforman verbalmente no estáticamente, ambas se erigen habitándolas. Habitar es construir aunque también es una forma de migración, de pasar por la tierra. Las ciudades, la ciudad no es un lugar donde se vive o a donde se puede llegar sino los lugares que se llevan como crónicas de viajes. Ciudades invisibles como las de Calvino, algunas que exigen habitar los deseos y contentarnos con ello, otras especulares donde se reflejan nuestros deseos de una urbe ideal.
Un migrante, sin ciudad fija desde que recuerdo. Las coordenadas geográficas me sitúan en una tierra que no es mía, tan lejana del lugar del nacimiento, ajena. ¿De qué hablar entonces? Llevo la ciudad en mí, aunque esta no exista más que como mi habitación, no es una entidad cerrada sino la posibilidad misma de habitar, de hacer casa en cualquier lugar donde voy. Con la fragilidad de nunca saber cuál es el siguiente paraje, llevo mi ciudad como el caracol lleva su casa a cuestas.

sábado, 22 de octubre de 2011

La declaración


-¿Ha hecho ya la declaración?
-No señorita, ya le dije que no tengo nada que declarar
-¿Cómo no va tener nada que declarar? Eso es imposible. A ver, ¿la de hacienda ya la tiene hecha?
-No, mire… ¿Mariana?, ese es su nombre ¿no?- decía el hombre mientras leía el gafete de la chica que lo atendía- Yo he venido porque un señor tocó mi puerta ayer y me dijo que tenía que presentarme en esta oficina con el carácter de “deudor sospechoso”. Supuse que esto pasaría algún día pero no pensé que sería tan pronto.
-Señor, no le entiendo y la cola es inmensa, así que vámonos aclarando. Dígame por favor su número de identidad.
-No lo sé.
-¿Cómo no lo va a saber? Pufff, bueno ¿Cuál es su nombre? para que lo busque en el sistema.
-¿Mi nombre?
-Sí, su nombre. Señor, por favor, no podemos estar aquí toda la mañana.
-Perdone señorita es que yo estoy tan confundido como usted. Quiere que le diga ¿cómo me llamaba mi madre? O ¿la forma en la que me nombraban en la universidad? O ¿quizá la firma con la que escribo?
-Mire, lo que me interesa es el nombre con el que se identifica ante la Ley.
-Es que no sé cómo me identifico ante la Ley porque hasta ahora no me habían mandado a llamar. No sé quién soy para ella ni mucho menos si me nombra. Yo creo que me ha llamado para rendir cuentas, seré sólo el individuo 1347965, no considero necesario que subestime su sabiduría creyendo que no sabe quién soy. La ley siempre nos mantiene en su regazo.
-Muy bien, individuo no sé qué número me ha dicho, no tengo tiempo para sus alucinaciones así que le pido que se retire de la fila. En todo caso, aquí le entrego una hoja de declaración. Como debería saber en la parte superior tiene que rellenar la hoja con sus datos y en el espacio en blanco lo que tenga que declarar: salario, posesiones, cotización de la jubilación, seguro social, etc… Que tenga buena tarde, ahora le pido me permita atender a la siguiente persona.
Con su gabardina marrón agujereada de tanto humo, el hombre se retiró de la fila, cabizbajo, sujetando la hoja con el puño cerrado. Salió de la oficina y caminó con paso
cansado hacía un parque  que se encontraba cerca. De pronto el miedo interrumpió su camino como un encuentro fortuito que lo hizo buscar una banca donde sentarse. En el espacio en blanco empezó a escribir sin pausas, sin puntos, sin ley:
“he detenido el paso porque me he asustado con la sombra de otro individuo no soy más que un pobre miedoso que se asusta de las sombras de otros como de la mía propia seguramente me asusta la idea de mi carencia y el pensamiento de que un día vendrán a cobrarme lo que he tomado prestado sin saberlo porque uno vive siempre en un no-saber no tengo nada que declarar porque en general no hay algo que tenga si es que la posesión significa algo permanente qué identidad por declarar si la única evidencia segura de mi existencia ha sido ser sin más existir simplemente y el nombre nunca llegaba a ser suficiente para denotar cualquier identidad nada permanece y ha llegado el día donde puedo tocar con la punta del dedo índice el límite de la ley el día de la única declaración posible día del juicio final en donde uno declara que ha tomado prestada una vida que nunca ha sido suya deudor de un tiempo que no estará en ninguna parte en ninguna memoria la única declaración posible para los cuerpos nuestra propia muerte esto es lo único que puedo declarar voy a morir y vivo la muerte cada día cuando sobreviene la noche atardecer que esconde la oscuridad como el ocaso de la vida guarda la muerte”
El otoño ha entrado hoy y el último rayo de sol iluminó en una banca la única declaración posible.

viernes, 14 de octubre de 2011

Ochentas

Llegué tarde a la llamada de los ochentas. También a mi propio nacimiento como el ahora que llega tarde a la cita del después. No fui ni blanca ni morena era morada, sí, morada, aunque les cueste trabajo creerlo y traje bajo el brazo de mi madre un terremoto tres meses y seis días después. “Se cayeron los aguacates del arbolote” contaba mi abuela recordando ese día mientras mi madre se agregaba  al relato expresando el “miedo abismal” de que mi incubadora se sacudiese y no prestase el servicio que mis pulmones no hacían. Aparecí a la mitad de los ochentas y los habité mucho más de lo que advertí: una época sobrepasa los años que le tiene asignado el tiempo y no hay memoria colectiva de ella, sólo huellas que conforman nuestra vida personal. Me apellido igual que mi madre y con ello, igual que los hermanos y hermanas de ella. Sin esos hermanos postizos que mi madre me dio a través de la carencia del padre, los ochentas no hubieran llegado a mí. Con su parecido a Olga Breeskin y Gina Montes, mi madre nos soportaba y criaba a todos aparentando en esa belleza de vedette el cansancio por sacar adelante a una familia que no parió. Sólo con el tiempo entendí que no merecía mis reclamos por los vestidos apastelados ni por las hombreras con las que me vestía. Mi casa fue un popurrí de los ochentas. Adi estaba enamorada de Emmanuel e intentaba imitar con maestría, cuando me peinaba, el fleco que se hacían las Flans; le gustaban los chocoroles fríos y mecerse en la hamaca del patio de atrás mientras cantaba Corre, corre por el boulevard… Con la “Güera” mi relación fue estrecha, compartimos sudores todos los domingos por la mañana cuando veíamos las luchas en la sala, intentábamos imitar la quebradora y al final alguien salía lastimada, yo era una enana y su fuerza bruta por su pasión a Máscara Sagrada y al Perro Aguayo le hacía olvidar que era solo una niña. Rafa y Fer eran los dos hombres de la casa, melómanos, sobretodo Rafa que coleccionaba acetatos y grababa en la videocasetera BETA, después en la VHS, los videos de la MTV. Cuando les tocaba la limpieza de la casa se iban a la tiendita de la esquina por gansitos, duvalines y churrumaís, ponían música a todo volumen y aprovechábamos para bailar e imitar algunos de nuestros videos favoritos: Domino Dancing, un poquito de Faith y para terminar mi actuación estelar, la Isla Bonita. Me decían “la cache” y les gustaba cargarme, darme vueltas, alucinaban con que me gustase su música, con mis disfraces. Ellos ya no se acordaran de aquellos días. Fernando era capaz de meterse un gansito entero a la boca, yo siempre reía cuando lo veía, mientras mi madre le decía “tú no comes, tragas”. Rafa aún no sabe que gracias a él me convertí en fan de todo el imaginario musical ochentero, su música fue mi música de la adolescencia, la de mi despertar a la calentura, la que me alejó de todos porque nadie conocía a los grupos que me gustaban. Recuerdo en la secundaria mi pasión por Duran Duran y la desilusión porque que ya no vivías en la casa, no había quién me prestase los discos, mucho menos amigos con quiénes compartir la afición. No quiero decir que él fue mi amigo, seguramente fue más mi hermano pero también un amor platónico de los ochentas con sus pantalones agujerados a lo George Michael. Todos fuimos partiendo, menos mi madre que también me enseño sus propios ochentas cuando los fines de semana cocinaba papas fritas con pescado y me hacía cantarle los éxitos de María Conchita Alonso. Cómo le agradezco sus amaneceres a las 7 de la mañana del domingo para acompañarme a ver Chabelo, ella dormía con su cabeza en mis piernas mientras yo cantaba el Garabato Colorado. Yo también le acompañaba todas las noches, cuando terminaba sus labores, a ver su novela de las 9, La casa al final de la calle, recuerdo que intentaba taparme los ojos en las escenas más feas, como decía, pero al final terminé gestando un miedo a las muñecas clásicas que me acompañó casi durante toda mi vida.
 Son los ochentas y tengo nostalgia de una familia que sólo existió en mi memoria.

viernes, 7 de octubre de 2011

Ravel


Frase repetida una y otra vez,
cosa sin esperanza y de la que nada cabe esperar.
Jean Echenoz

Habría que pensar en Hunting Bears como un pieza sin principio ni final, como un trozo de música que siempre ha estado ahí, como un sonido que viene de otro lado, un fragmento de algo más grande que se encuentra en otra parte y que de pronto aparece. Cuando se escucha, la sensación no es de un descubrimiento sino que se asemeja a la formalización de sonidos, como si de pronto tomase forma aquel hilo musical que pasa por nuestras cabezas en los días rutinarios y grises donde la vida se hace patente en su carencia de sentido. Intenten escucharla de camino a casa, con el cansancio del trabajo, en el metro mientras alguien te clava el codo en las costillas, con todos aquellos olores de sudor del día a día. Hay algo de cinematográfico en Hunting Bears presenta un campo completo de tiempo, su repetición permite la interiorización y su estructura genera una constancia que nos conecta con el pasado, cercano o lejano, incluso el que se proyecta en el “hubiera”.
Imaginen todas las escenas posibles, todos los personajes que pueden crearse con este fondo musical. Pero ¿Y la música? ¿La pieza en sí misma? ¿Cuál es el propósito de una pieza de este tipo? La música, como decía Cage, no se ocupa de propósitos sino de sonidos y se encuentra expresada en una paradoja: una falta de propósito intencionada o un juego sin propósito. 
La repetición, los silencios como pausas, alientos, carencia de sentido y juego infinito. Aparición no brusca, sin golpe, desvanecimiento apenas perceptible. Su existencia en otra parte pero siempre presente como formando parte de otros tantos ruidos con diversas formas me hizo recordar a Ravel. Y es que el Bolero también nos llega de otro lugar, viene desde la oscuridad, como un susurro que de pronto cobra existencia. No hay similitud en lo que respecta a los estilos musicales, lo sé, pero en la forma, en su esencia poseen el mismo juego sin propósito: “un suicidio cuya única arma es la ampliación del sonido”.

viernes, 30 de septiembre de 2011


I’ll be your mirror

El metro estaba atestado, Réene había subido en la primera estación y por fortuna tuvo la oportunidad de sentarse hasta llegar a su destino. Venía de recoger unas fotos. Su madre solía tener grandes libros clasificatorios de fotografías, las guardaba por edades o por años de captura e incluso llego a hacer un álbum dedicado a aquellas fotos en las que usaba su vestido azul turquesa con flores rojas; su madre era una mujer que con los años no sufrió muchos cambios de figura así que se podía encontrar una foto de cuando tenía 25 y otra de 50 con esa entrañable prenda.
Réene estaba sentada en un espacio para dos personas y su acompañante desconocido no tuvo reparo en echar un vistazo a las fotos que ella observaba con fijeza y, de reojo, una miradilla inocente a su escote. Cuando se dio cuenta del mirón en turno, se quedo un rato pensando en lo que el hombre imaginaba, y no con su escote, sino lo que percibía en las fotos. Era ella de niña, sostenía un plumero, tenia gafas oscuras y señalaba hacía el fotógrafo. Pensó sin dudarlo que un hombre como aquel sentiría ternura e imaginaría todo lo que condensaba esa foto, la cantidad de recuerdos a los que aludía y sobre todo, el tiempo que velaba, una época comprendida en papel fotográfico. Pero ¿Qué era todo eso? ¿De dónde carajo salía toda esa luminosidad que reflectaba los momentos pasados? Y además ¿Dónde estaba el tiempo? Ahí no había nada, nada de nada. Pensó entonces que la gente sobrevalora, tiene en alta estima a las fotografías, o como decía Sabines, se tiene exhaltada a la luna. Porque la fotografía como la luna no son más que espejos. Decidió cambiar de foto y allí estaba ella, otra vez, sentada frente a su piano rosa en el largo comedor de la casa de los abuelos. Movió la cabeza negando algo, esa no era ella, no podía serlo, esa niñez no podía ser la suya. Y no podía serlo porque la niña parecía feliz y Rénee no recuerda haberlo sido a esa edad. Esa era otra y alguien, con la maldad de que un día se encontrasen la de la foto y ella, apretó el obturador para que una de las dos perdiese el rostro (o quizá las dos y ahora ninguna de ellas existía). Y es que la escritura y la fotografía, pensó, para la única finalidad que han sido destinadas es para perder la identidad, uno no se fotografía y no fotografía a los demás para guardar su recuerdo sino para perderlo, se intenta hacer lo imposible al fotografiar, capturar el instante, asir lo inasible y con ello aspirar a poseernos o a poseer lo fotografiado, sin más rodeos, a matarlo. 
El hombre a su lado le dio un codazo por equivocación que la sacó de aquél estado absorto en el que se encontraba. Se dio cuenta de la frivolidad de sus pensamientos, de haber perdido el paraguas con el que veía el firmamento y sin el que ahora sólo podía vislumbrar el profundo azul del cielo.
I’ll be your mirror. Reflect what you are, in case you don’t know… reproducía su ipod, mientras sus manos pasaban al ritmo de Velvet Underground las fotografías que quedaban por ver. Es como si de alguna manera le estuviesen hablando y le repitiesen con la voz de Nico que serían su espejo en el cual se reflejaría por si ella no lo sabía. Entonces detuvo la música, sus manos dejaron de cambiar las fotos y se indignó frente a su propia interpretación. No son las fotos las que serán mi espejo, se dijo a sí misma, soy yo en lo que ellas se reflejan. Ellas no son nada sin mí, la única propiedad que poseen es tanatológica. No hay ni mi pasado ni presente y mucho menos ningún futuro, ninguna proyección en ellas, sólo hay la ausencia radical de tiempo, mi mortalidad foto-grafiada. La inscripción, el grafo, el trazo, la evidencia de que no soy nada. “Toda fotografía es esta catástrofe”.
Hemos llegado, dijo, guardo sus fotos y salió del metro.