domingo, 18 de abril de 2010





90,000 euros: La cifra del vacío o los “refritos” de Tania Bruguera


Si hubiese que caracterizar de alguna forma la última obra de la performer cubana Tania Bruguera, nos haríamos eco de las palabras de Jean Baudrillard “transestética de la banalidad, de la insignificancia y de la nulidad en la que se verifica actualmente la forma pura e indiferente del arte”. Siendo consecuente con su “arte político” y sus últimos performances, Bruguera nos presenta “Phronesis”, una pieza consistente en un archivo de acciones que se realizan durante el tiempo que dura la exposición, en espacios institucionales y de forma no autorizada.

La constante con sus obras cercanas anteriores no consiste en repetir el elemento crítico, político y subversivo que presumiblemente pretende en su trabajo, sino en que vuelve a presentar censuras cómodas, esa especie de sensación de más de lo mismo y sobre todo una acostumbrada indiferencia en el espectador. Desgraciadamente pareciese ser que esa percepción sólo la tenemos nosotros, las justificaciones y explicaciones de Bruguera sobre su trabajo, suelen estar siempre plagadas de una especie de “no me entero que realmente no paso nada”, o quizá, de un sentimiento de artista incomprendido por el arte “tan transgresor” que produce. Por decirlo de alguna manera, sus trabajos terminan siendo el colmo de la farsa, como su acción en la Bienal de Venecia, aquel acto “simulacrado”, es decir, el simulacro llevado a su extremo irrisorio con Autosabotaje en donde jugaba a la ruleta rusa. A colación de esta acción, que causó tanta polémica, daba vergüenza escuchar que al preguntarle sobre la gran carga mediática que poseía la obra, dijera que más que una obra de ese talante constituía una experiencia traumática tanto para ella como para los espectadores, dicha afirmación gratuita se desbarata cuando al observar la grabación que se guarda del evento, podemos ver a una joven concentrada en fotografiar con su móvil el instante preciso en el que la artista coloca el arma en su sien.

Es como sí el exceso de cuerpo, que alguna vez ocasionara en Bruguera la presentación de performances con contenido, pensemos en su recuperación del trabajo de Mendieta, la atinada crítica poscolonial que realiza con El peso de la culpa o su trabajo efímero y ligado íntimamente con un momento político específico de la isla, Memorias de la posguerra, en donde se podía respirar una verdadera crítica reaccionaria al contexto político cubano en donde surge su obra, se viese negado, hipertrofiado por el propio sistema, vetado por sus propios discursos, saturado por la necesidad de provocar como fin, olvidando lo que afirma, que eso no es ni una estrategia y tampoco una finalidad. Provocar por provocar o vender por vender, atiborrada de sus propias pretensiones políticas y con el afán de seguir, llevar en alto como su bandera, el típico tópico del performance de unir el arte con la vida, así como surgió a finales de los sesenta dentro del contexto de plena intervención y crítica institucional donde se desvelaban y denunciaban problemáticas que aunque consabidas se encontraban ocultadas, Bruguera intentan “mostrar, denunciar” perogrulladas, presentándonos trabajos de una obviedad extrema que resulta insultante, olvidando que mediante lo sutil o lo alegórico se puede transgredir, provocar pero, ante todo, tocar al espectador. Si bien el performer no es alguien que trate de representar sino que su intención va enfocada en subrayar la performance, los gestos, no imitando nada pero presentando acciones, como afirma Rudi Laermans, los últimos trabajos que viene presentando la artista resultan exceder esta pretensión, a la manera en la que los reality shows exceden la realidad al presentar “personajes reales” que suelen ser “hiperreales”, una especie incluso de más allá de la imitación, allende del subrayado de lo existente, con esa obviedad insultante que ni siquiera llega a ser grotesca para causar malestar en el estomago, como suele pasar en los trabajos de Paul Mccarthy que con su violencia simulada con kétchup, ha logrado emular el efecto de la violencia real lacerante a través de la mezcla entre burla y miedo.

Con el afán de seguir siendo una clara referencia del arte del perfomance actual, Bruguera intenta no sólo preservar los tópicos tradicionales de un arte en crisis, sino que presenta con Phronesis, diminutas acciones subversivas dentro de la experiencia cotidiana que involucre a las personas comunes del lugar en donde las realiza, la intención resulta ser una problematización entre las nociones de ciudadanía y público, según afirma la nota de prensa de la exposición. Esta pretensión suena a la repetición de lo que pretendió hacer en Colombia, involucrar a los espectadores a través del consumo de cocaína para mostrar la carencia de responsabilidad ciudadana que posee el pueblo colombiano, reafirmando así esa mirada y la imposición de ese discurso que tanto crítica, el impuesto por ese gobierno “gringo” que señala como responsables de su situación política a los mismos colombianos. Estaba de más mostrar la responsabilidad que pueden tener los mismos actores de una historia subyugada dentro de su situación política, y peor aún, sin una crítica sesuda, con esa lectura tan parca de una realidad política.

Pero también ha estado de más, y ha sido absurdamente repetitivo, presentar la documentación de esos performances tan gratuitos que nos colocan en la disyunción de seguir viéndolos o hacer otra cosa, provocando de manera magistral esa pereza e indiferencia que pasa sin pena ni gracia a través de los ojos de los espectadores. Es cierto, que posiblemente hablando desde el concepto de las propuestas performativas de Bruguera algunas acciones resulten más interesantes que otras, empero no deja de quedar una sensación de “refrito” en su trabajo, un poco de “esto ya lo he visto antes”. Para no ir más lejos pensemos en su “meada” afuera del Pompidou ¿No les suena conocido? ¿Qué provocación pretende causar con algo que han hecho otros y por mucho lo han hecho mejor? Sin justificación y sin gracia, la “meada” resulta sobrada, ni siquiera remite a juego de niños, a infantilismo en sus actos, simplemente nada, vacía sin más. No habría ni siquiera comparación con el trabajo de Itzair Okariz, donde mear parada se justifica como una demanda de imposiciones sociales y una clase de reapropiación de los espacios públicos por parte de las mujeres. Es curioso hacer notar también que su trabajo pretendiendo ser una crítica a la institucionalización del performance, se geste ya institucionalizado, con el precio de antemano como presentación de una obra que al preguntar que se compra se podría contestar tranquilamente que nada.

Y aunque hacer una marcha militar en el MIT no ha sido una mala idea para señalar la relación entre educación y proyectos gubernamentales pro conflictos bélicos, sus performances no alcanzan esa prudencia estética de la crítica institucional de Beuys, ni su festín de tatuajes temporales alcanzan la crueldad y el compromiso político convertido en carne de un Günter Brus, ni mucho menos su acción de cuerpo presente en el Louvre, recostada y mostrando un periódico que presenta demandas del pueblo cubano, puedes compararse con la exigencia ética del cuerpo desnudo de Regina José Galindo paseando por las calles. Esperemos que Bruguera logre salir del aparataje espectacular que se ha inventado, mientras tanto, como ella, ya no queda nada que decir. 
Nadia Cortés